lunes, 25 de octubre de 2010

Cuento de noche


En la calle una moto se dirigía urgida a algún punto de la ciudad dónde alguien esperaba hambriento su cena de martes. Un hombre mayor buscaba en el aparador de su comedor una cajita donde había guardado el dinero para pagar el gas y una vez más había extraviado. Desde un colectivo un niño miraba hacia fuera -ansioso por llegar a casa- la forma en que unos puestitas les cortaban los tallos a las flores que envolverían en papel para vender al día siguiente. Mientras su madre le acariciaba el pelo, el chofer observaba la escena y creía ver a su hijo en el espejo retrovisor mientras el semáforo le indicaba que debía seguir la marcha. En un bar un grupo de amigos reía, bebían los últimos sorbos de vino y se lamentaban porque al otro día debían despertar temprano mientras aguardaban que el mozo les trajera la cuenta. Un perro se quejaba en un balcón y parecía dialogar con el sonido de un llamador de ángeles agitado por el viento que anunciaba la lluvia.
Laurita estaba acostada y semidormida sobre la colcha que abrigaba la cama, sin querer sus ojos se habían cerrado. Al oírle volvió en sí, ese sonido le alegraba. Despertó confusa, se imaginó empapada, imaginó las puntas de sus dedos chorreando agua y se acurrucó. Pensó en incorporarse, en salir al patio y oler en el aire las partículas de oxígeno. Pensó en la ropa tendida y en las ventanas abiertas pero su cansancio le impedía moverse.
Un halo de luz cruzaba la puerta del cuarto. Observó ; como quién no reconoce algo que le es propio su mesa de noche y el reflejo que el agua contenida en un vaso de vidrio dibujaba sobre la madera. Sus pensamientos eran intermitentes, también el ronroneo de su gata. Recordó haber leído que los elefantes también ronronean, al igual que los conejos y le resultó curioso que ese mismo sonido pudiera expresar alegría y también profundas tristezas. Pensó en los suspiros y también en el llanto. Intentó recordar la fecha precisa en que le habían regalado a su gata, en la libreta que le habían dado en la veterinaria y mientras lo hacía reflexionó acerca de esas cosas que uno evoca con decisión, como temiendo olvidarles. Una imagen apareció ante sí y le evadió.
Llegó a la conclusión de que los pensamientos no eran como creía un sistema de asociaciones inevitables disparadas por un suceso aleatorio e incontrolable y eso le tranquilizó.
Pensó que de igual modo existía la posibilidad de quedar preso de los pensamientos, pensó en la frase “gato encerrado” y en aquella otra de “finales felices” que parecía mantener en calma a esa masa informe que denominaba “todos”. Pensó en la irrelevancia de que algo termine felizmente  en tanto había empezado mal y transcurrido peor. Pensó que en tal caso si aquél era el fin, quedaba anulada la posibilidad de un después y aquello que “todos” llamaban felicidad duraría sólo un instante acerca del cuál era imposible estar prevenido. Se preguntó ¿Cuál era el fin del que todos hablaban? ¿Cómo es que podía algo que llegaba a su fin asociarse a la idea de felicidad? Pensó en la muerte, en su madre y llegó a otra conclusión: los finales no existían, sólo eran circunstancias en medio de una continuidad inapelable y abrumadora que “todos” habían decidido llamar tiempo.
Fi…

1 comentario:

  1. Me gusta.

    Ah... esto no es feibus... bueno que importa... me gusta igual...

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