viernes, 29 de octubre de 2010

El amor no entiende de caderas

-¿Cuánto las naranjas?
- ¿Las de ombligo?
-No, las que son para jugo- responde Alicia.
-A usted se las dejo en cuatro.
-Deme dos kilos entonces ¿Va con yapa?
Alfredo asiente, le mira y sonríe complaciente mientras seca sus manos en el delantal antes de tomar las naranjas del cajón. Y es que la Escarola vino mojada.
La bolsa pesa, el día está húmedo y a Alicia le duelen los dedos. Camina lento, tiene la sonrisa dibujada en ese rostro al que le costaron las arrugas casi lo que una vida. Casi lo que una hija y tres nietos a los que llama por teléfono todos los días.
En la puerta de su casa hay un sauce, sus vecinos quieren cortarle porque dicen que las raíces terminarán por romper las cañerías pero Alicia espera no estar viva para verlo. Y es que “el clinudo”  –como le llamaba su marido-  ha estado ahí desde siempre.
-¿Qué anda haciendo Alicia tan temprano? Deme que le ayudo con la bolsa.
Romina vive en la casa de al lado, en uno de los nueve departamentos ubicados dentro de la misma planta de ese edificio construido allá por los años veinte. Está casada y cuando le ofrecieron limpiar los lugares comunes del edificio pensó que era una buena oportunidad para estar en su casa, sin gastar en viáticos y pasar así más tiempo con Lautaro.
A Lautaro le gustan los coches, su bicicleta con rueditas, mirar los dibujitos y que la luz del baño quede encendida cuando se va a dormir. También le gusta colgarse de las hojas del sauce cuando Alicia no le ve y acompañar a su padre al taller donde trabaja.
-Ya está bien, sos muy amable –agradece Alicia.
-No hay porqué, cualquier cosita me llama.
La negrita está enojada, se ha metido bajo la cama y no muestra intenciones de salir de allí. Le retaron, es que esta vez rompió los flecos del cubrecama del cuarto de Cecilia.
Alicia enciende la radio, guarda las naranjas en la heladera y pone el agua a hervir. Sonríe al escuchar al locutor decir que le ha costado levantarse esta mañana. Siempre ha estado tentada de llamar a ese programa y charlar con esa voz  que le acompaña casi desde que su hija era pequeña y bordaba su nombre en el delantal a cuadritos con el que la vestía para llevarle al jardín.
En ocasiones el espacio de su comedor le resulta inabarcable es por ello que gran parte de su tiempo lo pasa en la cocina. Alicia nunca ha vivido sola, no antes que Rodolfo se fuera y le dejara además de un profundo vacío un compendio de recomendaciones para que no sintiera tristeza cuando le recordaba.
Rodolfo había sido profesor de geografía, le gustaban las plantas, los suelos terrosos, los mapas, el ruido de las aulas antes de entrar a clase y el polvillo que dejaban las tizas en sus sacos.
Le gustaba el doble nudo en las corbatas, el olor del cuero, las media de nylon, los grandes ventanales, las casas de los horneros, el café negro y la soda. También le gustaba que Alicia le tomara de la mano y sentirlas frías.
Se habían conocido en Ezeiza una tarde de Noviembre. Silvia salía con Andrés que era primo de Guillermo que era a su vez hermano de Juan y  el mejor amigo de Rodolfo.
Alicia estaba entonces recién separada, había estado a punto de casarse pero había desistido y cuando Silvia le propuso presentarle a un amigo de su novio, vaciló.
Rodolfo en cambio se había mostrado interesado en conocer a esa señorita de la que tanto hablaban sus amigos, callada según decían y bastante agraciada a juzgar por los comentarios; más cuando le vió y habiendo inclusive charlado con ella había decidido que no le interesaba.
Era demasiado pretenciosa y no tan linda como había imaginado, además no le miraba a los ojos.
-¿Vos viste como le quedan esos pata de elefante? Es muy caderón y me mira todo el tiempo, no me gusta.
Pero el amor no entiende de caderas y aquella tarde Alicia aceptó que Rodolfo le acercara hasta su casa, había empezado a refrescar, se oían algunos truenos y ni bien subieron al coche comenzó a llover. Ambos estaban cansados y Alicia se quedó dormida, al despertar vió que le abrigaba un saco que no era el suyo y sonrió.
La charla fluía con naturalidad acerca de cuestiones más bien triviales. Rodolfo le contaba respecto de su empatía con los encendedores de bencina, su dificultad para vestirse a la moda y lo mucho que le gustaba que el viento le diera en la cara. Alicia de su tendencia a engordar, los caramelos de anetol y su imposibilidad de escribir sin mirar las teclas de la Olivetti.
De repente algo se cruzó en el camino que obligó a Rodolfo a frenar de golpe, los neumáticos resbalaron sobre el asfalto mojado y la marcha se detuvo.
Tratábase de una perra pequeña que arrastraba una de sus patas, era blanca –aunque el barro que le cubría apenas si dejaba verle los ojos- parecía cachorra y estaba asustada.
Rodolfo la envolvió en su saco, le subió al coche y manejó el resto del camino con la negrita descansando en su regazo.
Alicia no comprendía la razón pero algo en ese hombre de bigotes ahora le atraía con fuerza, pasaron parte de la noche en la veterinaria y desde entonces no volvieron a separarse. Más tarde llegaría Cecilia y algunas décadas después los haría abuelos.
Esta mañana Alicia está triste, le extraña y mientras intenta destapar la bombilla del mate piensa que los años no vienen solos. Por suerte.

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